Ese soñado beso
que nunca me ofreciste,
que aún siempre quisiste
tener en su embeleso.
Ese dolor espeso
con el que malheriste
mi dicha con exceso.
Ese amor que no diste
por creerlo sagrado,
por tener consagrado
su ser a lo que fuiste.
Nunca fiar pretendiste
tu deseo ilustrado
a afecto que fingiste.
¡Ah, flores calladas, hermosas,
que ayer ardisteis con pasión,
hoy no sois más que cruel baldón
de edades vanas y enojosas!
Que ardientes y febriles cosas
en imaginario jarrón
se piensan aún más grandiosas.
Frutos que llegan del invierno,
mensajeros tristes, aciagos
que anunciáis con delirios vagos
un letargo cruel mas no eterno.
Y en su cáscara guardan tierno
el veneno que, en recios tragos,
nos conduce presto al infierno.
El tiempo fluye deprisa,
como el pájaro en su vuelo,
y no encubre con ruin velo
las verdades que requisa.
Envejece el alma aprisa
evitando todo el celo
que es continuado recelo
y del corazón pesquisa.
Se escucha lejana risa
del ya juvenil desvelo
y se aleja con revuelo
su tesoro sin divisa.
Crueles decadentistas,
duchos malabaristas
de las letras y ensueños,
de tantos gustos, sueños
y delirios de artistas,
vosotros sois los dueños…
¡Oh, altos funambulistas!
Con tormentosos cuentos
e historias sin sustentos
dais placer al lector
y al cruento soñador
de tantos descontentos;
que el crudo deshonor
se gesta en mil contentos.