Nobles berilos de agua,
clarísimas fuentes que manan
del cielo en revestidos
altares claros u oscuros.
Ojos que al amor engañan
con sus azules profundos
y que al alma enamoran
con sus suspiros mudos,
ya anhelantes de celos,
ya de besos impuros…
Ojos que al Cielo envidia
sin lugar a duda dieron;
de la paz y gloria divina
siempre eternos mensajeros.
Paisaje, 1909, K.Ferenczy
Si de amor sois confidentes,
ojos que me matáis,
decidme por qué inclementes
de mi dolor os vanagloriáis.
Horas de desdichas y tormento
traéis que, de infelicidad,
disfrazáis este envanecimiento
que vosotros llamáis libertad.
Y ufanos, irreverentes,
inmoderados y esquivos,
allí lejos os alzáis inclementes
como intocables testigos.
Que mi pecho penitente,
suspirando en el aire herido,
ya os desvela lo que siente
en profundísimo suspiro.
¡Oh, poeta que vagas
de canción en canción,
dime que mueve tu alma,
qué mueve tu emoción!
Tuyas fueron palabras
que alzaron la razón
sobre el ser de la vaga
e intranquila ilusión.
Contigo se elevaban
gritos de frustración
que en sones se plasmaban
con oscura intención.
Pues tu pena habitaba
en clara evocación
de las dichas humanas
dignas de tu mención.
Las virtudes sacabas
y vicios de inacción
con tus palabras galas,
muestras de inspiración.
Nunca boca más sana
con sutil perfección
arrancó tan taimadas
muestras de cruel baldón.
¡Oh, poeta que vagas
de canción en canción,
dime que mueve tu alma,
qué mueve tu emoción!
Azaleas. William M. Chase
Poesía que naces
en versos y altas rimas,
di con gestos veraces
lo que en tu ser estimas.
Qué inspira esos procaces
sonetos que sublimas,
pues notable renaces
de tan soberbias cimas.
Qué para vivir haces
en palabras que arrimas,
justas y tan capaces
que aun lo lírico animas.
Poesía que naces
en versos y altas rimas,
di con gestos veraces
lo que en tu ser estimas.
Bodegón con flores, 1882, E.Manet, Musée d'Orsay
¿Qué otro denuesto me espera, Tarquino,
por tu soberbia? Pues mi honra has dañado
con ese furibundo y denodado
afán con que procediste mezquino.
Vil pudor el de quien, en desatino,
ataca el ser de un candor tan honrado,
que siempre en muy casto hogar se ha guardado
lejos de los ultrajes del destino.
Orgulloso heriste mi incauto pecho
con daga que de agudo mal semeja
espejismo del maltrato por ti hecho.
Y mi corazón, que triste no ceja
en su estado condolido y maltrecho,
reclama venganza a su justa queja.
Pájaro que me diste nombre,
hazte por mí animal parlero
y difunde en el mundo entero
sutil verdad que al mundo asombre.
Tú, curruca, ave sin renombre
que vuelas con volar sincero,
háblame del ser verdadero
de toda esencia y de todo hombre.
Silvia te llamó el ilustrado
científico que lo escogió,
y Silvia te trató la gente.
Mas si por Silvia eres tenido
y por éste te llamo yo,
honra mi nombre consecuente.